Vivienda digna y segura: un mecanismo efectivo para promover el bienestar de las familias migrantes

El programa de subsidio para el arrendamiento de vivienda por nueve meses —diseñado e implementado por la ONG Blumont— logró mejorar de forma significativa y duradera la autosuficiencia y el bienestar psicosocial de hogares migrantes venezolanos encabezados por mujeres en Colombia, según una investigación en la que participó Arturo Harker Roa, director del Centro Imagina y profesor de la Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo de la Universidad de los Andes, junto con los investigadores Ilana Seff, Juan Pablo Franco, Deanna Barch, Kellie Leeson y Lindsay Stark. Un año después de terminado el programa, las familias que lo recibieron seguían estando mejor que las que no lo recibieron.

El estudio, publicado el 9 de julio de 2026 en la revista SSM – Population Health bajo el título “Evaluating the relationship between rental assistance and self-reliance and well-being among displaced populations: A propensity score–matched analysis”, evaluó un programa de asistencia de alquiler que la organización Blumont implementó en 17 barrios de nueve ciudades colombianas: Barranquilla, Soledad, Cartagena, Cúcuta, Villa del Rosario, Los Patios, Cali, Jamundí y Medellín.

Contexto

Colombia es hoy hogar de cerca de 2.9 millones de migrantes venezolanos, más de la mitad de ellos mujeres y niñas. Diversos estudios han asociado la migración forzada con niveles elevados de depresión, ansiedad y estrés postraumático, y han mostrado que la inseguridad habitacional —ya sea por hacinamiento, mala calidad de la vivienda o riesgo de desalojo— agudiza esos efectos y reduce la capacidad de las personas para planear su futuro. Sin embargo, la mayor parte de esa evidencia proviene de países de altos ingresos y no de contextos de crisis humanitaria activa como el colombiano. Fue justamente ese vacío en la evidencia el que buscó llenar esta investigación.

Cómo funcionó el programa

A través de Blumont, el programa pagó el alquiler de 517 hogares durante nueve meses. Cada familia debía buscar y proponer su propia vivienda, y Blumont la aprobaba solo si cumplía tres condiciones básicas: un contrato escrito por nueve meses, máximo tres personas por espacio para dormir, y acceso confiable a agua, saneamiento y electricidad. En promedio, el programa cubrió arriendos de 413.694 pesos colombianos al mes, unos 103 dólares.

En octubre de 2023, el equipo caracterizó a 1998 hogares en los barrios del estudio, de los cuales 1066 cumplían los requisitos para participar; los recursos disponibles solo alcanzaron para atender a 517, priorizados según su nivel de vulnerabilidad. Los 549 hogares elegibles restantes, que no recibieron el apoyo, sirvieron de base para construir, mediante una técnica estadística de emparejamiento, un grupo de comparación de 229 hogares con características muy similares a las del grupo beneficiario —mismo nivel de ingreso, tamaño del hogar, edad de la jefa de hogar y situación de atraso en el pago del arriendo al momento del tamizaje—, lo que permitió aislar el efecto real del programa y no atribuirle mejoras que habrían ocurrido de todas formas.

Los resultados

El equipo de investigación midió nueve aspectos de la vida de las familias —autosuficiencia general, tranquilidad, satisfacción con la vida, agencia, autoeficacia, disponibilidad de tiempo, sentido de comunidad, aculturación e ingreso per cápita del hogar— a los 2, 6 y 12 meses después de terminado el programa, comparando siempre a las familias beneficiarias con el grupo de comparación.

El hallazgo central es simple: la situación de las familias que recibieron el subsidio de alquiler mejoró más que la de quienes no lo recibieron, y esa diferencia se mantuvo durante todo el año siguiente. A a los dos meses de terminada la ayuda, los hogares beneficiarios superaban al grupo de comparación en todos los indicadores medidos, y esa ventaja siguió siendo estadísticamente significativa a los doce meses en la gran mayoría de ellos. Las dos únicas excepciones fueron el ingreso del hogar y la aculturación (el interés declarado por preservar costumbres venezolanas y adoptar costumbres colombianas): en ambos casos, la diferencia con el grupo de comparación ya no era significativa para el mes doce.

Dos resultados se destacan especialmente:

  • Autosuficiencia general: las familias beneficiarias mostraron mejoras muy superiores a las del grupo de comparación, tanto a los dos meses como a los seis meses de terminado el programa. Este indicador combina doce aspectos de la vida del hogar, como vivienda, alimentación, salud, empleo, ahorros y deudas.
  • Tranquilidad mental: la diferencia con el grupo de comparación fue aún mayor a los seis y doce meses, uno de los efectos más grandes de todo el estudio. Este resultado mide qué tan calmadas, estables y en paz se sienten las personas en su vida diaria.

Un dato importante: esta ventaja no se fue diluyendo en el tiempo. Para la mayoría de los indicadores se mantuvo prácticamente igual de los dos a los doce meses, y en dos casos —la tranquilidad y la confianza en la propia capacidad de resolver problemas (autoeficacia)— la diferencia con el grupo de comparación incluso aumentó de forma significativa frente a lo observado a los dos meses, sosteniéndose así hasta el final del seguimiento. Donde sí hubo un retroceso claro fue en el ingreso del hogar: a los seis meses las familias beneficiarias ganaban más que el grupo de comparación, pero para el mes doce esa diferencia había desaparecido.

Por qué podría estar pasando esto

Los autores creen que un elemento del diseño del programa pudo ser determinante: la exigencia de verificar que la vivienda fuera segura antes de aprobar el pago. Sentirse inseguro en el propio hogar consume recursos mentales en vigilancia, estrés y manejo del riesgo; tener una vivienda estable, en cambio, libera esas capacidades cognitivas y emocionales para planear a futuro. El estudio también resalta que, frente a los programas de generación de ingresos y capacitación laboral —los más comunes en la respuesta humanitaria, pero con resultados frecuentemente mixtos y costos elevados—, esta asistencia de alquiler produjo mejoras sostenidas con una intervención relativamente breve y acotada en el tiempo.

Conclusión

Los propios autores señalan los límites de su hallazgo: al no haber existido una asignación aleatoria de las familias al programa, los resultados corresponden a un diseño cuasiexperimental y no a un ensayo aleatorizado que permitiría hablar con total certeza de causalidad, y tampoco se contó con mediciones previas al inicio del programa para el grupo de comparación. Aun con esas salvedades, el estudio concluye que la asistencia de alquiler de corto plazo puede generar mejoras significativas y sostenidas en la autosuficiencia y el bienestar de los hogares desplazados: al aliviar la inseguridad habitacional, este tipo de intervención parece reducir la percepción de escasez y el estrés, y permitir que las familias se estabilicen, planeen a futuro e inviertan en metas de largo plazo. Frente a la escasa evidencia existente sobre la vivienda como herramienta humanitaria —y a los resultados con frecuencia mixtos de los programas de generación de ingresos—, los autores plantean que la asistencia de alquiler puede ser una vía especialmente eficiente hacia la independencia económica y el bienestar sostenible de las poblaciones desplazadas.

Lea el artículo completo aquí: https://doi.org/10.1016/j.ssmph.2026.101948

  • Ángela Guarín Aristizábal → angela_guarin_aristizabal
  • Darío Maldonado Carrizosa → dario_maldonado_carrizosa
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